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Una noche de amor esperada

Iban las mesas de mi bar a la altura de la desaparecida Caja Granada cuando una voz de jefe dijo:

—Aún no. Faltan unas pocas más.

La terraza de Casa Paco El Charro se extendió por la calle Santa Lucía como en las grandes citas. Andaba por allí Luis “El Escandaloso”, cliente modélico, y pensé que agosto es un buen mes para festejar El Corazón de Jesús. A fin de cuentas, ahora todo se hace en agosto.

Organizábamos el espacio en presencia de algunos vecinos, que al ver desfilar tanta silla pidieron explicaciones:

—¿Quiénes se casan?

—Noche de cante —decíamos, como con pocas ganas de publicitar el evento.

— ¿Y quién canta? —preguntó Merchi, de El Covirán, que pasaba por allí.

—La Pilar —contestó Merce, dueña de El Quiosquillo.

—¿La Pilar del Fuerte?

—No, mujer, la sobrina de El Charro, la hija de la Sole.

La protagonista llegó al improvisado escenario unas tres horas antes de que comenzase a cantar. Pilar Chica, de veinticinco años, miró su tablao, hecho de palés apoyados con ladrillos y cajas de cerveza, luego alzó la vista: un detalle no cuadraba.

—El mantón de manila. Está muy raro —dijo, la cara de circunstancia.

—Ya estamos con las manías de los artistas —intervine, gruñón.

Pilar, que es prima mía, probó su escenario y colocó el mantón a su gusto, doblado. Empezaban las mesas a coger brillo, pues los camareros teníamos bayetas como para limpiar el pueblo entero. Colocábamos también los servilleteros, y constaté que nuestra responsabilidad municipal era mayor que nunca: las mesas ya no eran dos hileras a lo largo del bar, sino que invadían la calle de al lado.

—¿Y si no se llenan? —preguntó alguien.

—Las dejamos ahí y punto —resolvió el jefe.

Ultimado el “atrezo”, Custodio López, el guitarrista de Pilar Chica, hizo las pertinentes pruebas de sonido, afinó su instrumento, mientras la cantante marchó a Peluquería Chiki para peinarse el cabello y rebajar los nervios navigate here. Cuando se fue ya había clientes ansiosos por escuchar su voz.

Llegaron las once de la noche y la valdepeñera no daba señales de vida. La gente aprovechaba para cenar con una tranquilidad que no teníamos los camareros, que pedíamos a gritos el comienzo del espectáculo para atemperar el vendaval: todo estaba lleno, y asomaban nuevos clientes que se llevaban las mesas y las sillas del comedor, que devino en un solar.

—¿Cuándo va a cantar la niña esta? —rogábamos al cielo.

Tímidos aplausos avisaron del debut de Pilar Chica en la casa de sus tíos fraileros. “Una noche de amor” abrió una velada cálida, íntima, pese a que el público sobrepasó el centenar de personas. La estampa fue, a mis ojos, tan significativa como entrañable: repleta la terraza, hubo vecinos que contemplaron el número desde los trancos de enfrente del bar y desde la plazoleta, bajo los árboles.

Chica repasó temas de Triana, Camarón y Niña Pastori, entre otros artistas, con el ímpetu y la voluntad que aúpan su voz, poderosa, pero aún por pulir. Guste o no su cante, nadie niega el amor que imprime a sus interpretaciones. “Ella siempre lo da todo”, reconoció después Custodio López, que asume con madurez su papel secundario, imprescindible para que la valdepeñera progrese.

El descanso llegó tras una hora de música. Pilar y Custodio repusieron fuerzas a base de pinchitos y cervezas. Y el personal aguantó, pues no todos los días se asiste gratis a una cita musical de dos horas.

El concierto despeinó la cocina de mi bar: mi cuñada y mi madre salían a la terraza para escuchar a la cantante, y formar parte de una atmósfera estupenda, hogareña. Pilar Chica le dedicó “Válgame Dios” a su prima María del Mar y emocionó a sus padres, Soledad y Domingo, que apuraron una de las mesas que había dentro del restaurante. En la familia Pilar nos convence como artista, porque hay un instante en que su garganteo gitano nos suena a Cueva La Hiedra, un cortijo que se derrumba físicamente, pero que mantenemos vivo en la cabeza, pues la carga sentimental que inspira es tan intensa como los agudos de nuestra cantante. El público de la terraza, expectante en los primeros compases, la acompañó, sobre todo cuando sonaron las rumbas, y la despidió con una ovación a la altura de su esfuerzo.

Acabado el número, Pilar formó una fiesta con sus amigas de siempre y a la manera de siempre: “cubatear” sin piedad hasta el amanecer. Salió el alba en Las Carboneras y ahí estaba ella, divirtiéndose rodeada de sus cómplices.

El éxito empresarial de la propuesta dejó un horizonte interesante en una casa de hosteleros, maestros, un estudiante de Economía y un periodista: si la crisis arrecia, compramos una furgoneta espaciosa, cogemos la carretera y que la Pili cante. El viernes funcionó. “Fue una noche muy buena”, celebra la cantante.